Dentro de lo que cabe, el texto literario implica quizá la más lejana distancia entre un mensaje y su sentido: entre un mensaje y un eventual lector. El eje comunicativo ya ha encontrado en la literatura su más amplia excepción. Esta vez, equiparar al texto literario con el texto comunicativo, no es sólo una comparación de sus diferencias, o una identificación de sus semejanzas; tampoco optaremos por el supuesto estético de que en la literatura opera una comunicación apenas certera: hablaremos de literatura más que de cualquier cosa, a fin de cuentas, pero partiendo desde un principio comunicativo importantísimo: la expresión. Y pedimos entender de esta palabra sí, su sentido literal, pero también sus sentidos adyacentes: expresión, significa articulación, significa también lo articulado, y finalmente significa, o mejor dicho, pone en tela de juicio su propio significado en la comprensión. Expresar nos requiere Comprender. He aquí la importancia de las ciencias cognitivas relacionadas con el estudio del lenguaje. Hay un Trivium clave: Retórica, Gramática y Lógica. Los consideramos los tres niveles “comunicativos” base (acaso la lógica atraviesa a los otros dos, como cuando la comprensión de un hecho nos permite luego hacer una afirmación “cierta” o “falsa” de tal hecho)[1]: el del sujeto emisor (importante en literatura sólo por tratarse del sujeto de la expresión: una como operación cognitiva que sugiere órdenes de relación, puntos de partida para una posterior lectura y análisis), el del mensaje (texto, que para fortuna de los estudiosos de este fenómeno, se desdobla luego en “gestos” de otros sujetos de expresión y otros mensajes, y por añadidura, “otras” dinámicas lógicas), y el de la competencia de quienes lean o emitan un determinado mensaje. Cierto, lo que aquí se asevera es el primer paso a ciegas dado en el transcurso del presente trabajo: se trata de pensar a la competencia lingüística, por un lado, y a la competencia “lógica” por el otro, como cosas similares y más aún, como formas de pensamiento. Competencia interpretativa podría convertirse en el concepto ayuda. Pero sobre todo, nos detendremos en la noción necesaria para que estos tres órdenes logren funcionar, nos referimos a la noción de Sistema, que además prefigura y requiere de modos de funcionalidad y de otros conceptos operacionales.
La filosofía contemporánea por un lado, y los estudios del lenguaje y la literatura por otro, se han desarrollado a partir de inquietudes similares y/o opuestas. Bien se podrían enunciar corrientes de pensamiento teórico que en estas disciplinas se han “destacado” y que han marcado el camino recorrido: La fenomenología, que después de la “expansión” ontológica de Heidegger, ha desatado lo que se comporta como
A partir de problemas de recepción, cognición y entendimiento, que en el caso de Husserl han sido planteados en los albores de los métodos actuales de interpretación en sus Investigaciones Lógicas, se han desarrollado posturas y dinámicas de análisis que apuntan hacia dos objetos fundamentales: en el caso de
Es entonces con estos conceptos que consideraremos ciertas características de lo que aquí llamaremos, con consciencia de lo simplista y con responsabilidad de lo ambiguo, Sistema.
La cuestión tensionante entre estas corrientes de pensamiento consiste en primer lugar, en la distinción entre ciencias del espíritu, y las llamadas ciencias duras. Se trata de proposiciones que hablan, aunque quizá sí de los mismos objetos de conocimiento, no de los mismos niveles de conocer los objetos. En el caso de Gadamer hay una búsqueda de la “comprensión que el hombre toma de su tradición histórica y en el ejercicio del gusto estético, dos modalidades del comprender irreductibles a toda metodología en el sentido de la ciencia moderna.”[2] No estamos diciendo que
Otro ejemplo de esta oposición en las dos visiones, es el problema de la “doble articulación” de lo escrito, es decir, lo conocidos como el modo literal y el modo alegórico. En
En Heidegger están el “como hermenéutico (hermeneutisches Als), como el modo y la manera de cómo algo se interpreta y se comprende; y el como apofántico (apophantisches Als), como el modo y la manera de cómo algo se relata y se dice.”[3] Es pues un principio de comprensión previa a la expresión lo que aquí opera. Pero está claro que hay otra comprensión previa: la comprensión del sistema usado para decir algo sobre lo cual se puede decir algo. Gende también apunta esta diferencia cuando a partir de Humboldt enuncia que “Lo que hace a una lengua no es su gramática ni su léxico, sino su poder de hacer hablar lo que está dicho en la tradición.”[4] Algo como lo que el último Wittgenstein atendió y “entendió” sobre el problema de la armonía entre mundo y lenguaje: “La gramática no puede ni concordar ni entrar en colisión con la realidad porque las reglas de la gramática no determinan lo que es verdadero, sino sólo lo que tiene sentido decir.”[5] Es con esta visión doble cuyas dos partes se excluyen, que la conciliación de ambas posturas es tan imposible como concluir que el nombre de las cosas está “íntimamente” ligado a la naturaleza misma de las cosas. En Hermenéutica existe una mediación así contradictoria: que el entendimiento no se sostiene en el texto fijo, pero que a pesar de eso, la expresión, es decir, el como apofántico habrá de restituir la escritura, es decir, el carácter fijo de sus propias proposiciones a un sitio postinterpretativo. El método de deconstrucción optará por darle a la escritura el mismo sitio doble, antes y después, de la interpretación. En la primera es importante la noción de tradición, es decir, el surtidor de horizontes interpretativos a interpretables, previa y ulterior; en el segundo método, el concepto fuerte es el de huella, previo y posterior y previo…
Lo más importante será cuestionarnos por los conceptos, o más bien, darles a los conceptos metodológicos aquí enunciados, su validez solamente dentro de lo metodológico, y sin pretender hacer juicios de valor y verdad.
Una de las características positivas de la huella, es su carácter operacional, lo que en sí es una necesidad primordial para todo sistema: los conceptos-operaciones que permiten llevar a cabo un análisis del comportamiento sistemático en el acto de interpretar. El concepto de huella es, más que un elemento insertado por necesidad metodológica, un concepto necesariamente previo a toda nueva interpretación. Un signo que se presuma “nuevo” habrá de encontrar una huella que se adecue al proceso de significación: en primer lugar, una capacidad del signo para significar, y luego, una capacidad del “lector” para interpretar (que es como trasponer un interpretante en lugar de responder sordamente a un signo sordo). Ahora, si suponemos una serie de signos sordos, el elemento restante es una característica funcional de significación “pura”: el hipervínculo o el lenguaje matemático muestran esta sordera resonante. El lenguaje matemático funciona por medio de “referencias de valor”, es decir, por significar nada sino la diferencia con respecto a otros signos del mismo sistema. A partir de esto, las reducciones y las proliferaciones algebraicas se diseminan en significaciones funcionales. El ejemplo del hipervínculo lo deja ver más claro. En este caso, el signo se presenta como una unidad doble (en principio), que cuando es accionada (cuando se accede al vínculo) genera una derivación referencial previamente determinada (lo que nos hace pensar en la intencionalidad expresiva, o algo parecido a lo que Husserl llamó “intención referida”). Si encontramos la palabra “maple”, con un hipervínculo insertado, lo accionamos y nos remite a una página web donde lo único que se ve es una cabellera que crece en tres fases fotográficas, algo queda claro en primer lugar: que lo que previamente fue insertado no fue el referente, en este caso la página de la cabellera, sino la información operacional de que “maple” nos lleve a un sitio determinado. Si hubiera manera de insertar hipervínculos al azar, la única información necesaria e imprescindible, sería la información que hace factible el salto hipertextual. Es decir que el signo, sordo a la referencialidad, posee al menos una capacidad significativa silenciosa y efectiva.
Este es además un modo operativo que implica concepciones a priori, carácter teórico del deconstructivismo que le atrajo muchas críticas. Incluso del propio Chomsky, cuya teoría cognitiva admite la concepción apriorística de un “órgano del lenguaje”. Nuestro concepto de huella lo queremos extender un poco, dentro de la reflexión y sin caer en la intuición especulativa: La huella previa, por efecto del signo que se nos muestre, se determinaría, a saber, por elementos múltiples de identificación y exclusión, es decir, que no se trataría de una huella por signo, sino de múltiples trazos y huellas que dirigirían la operación simbólica a todos los posibles referentes cercanos y lejanos, excluyendo a otros y sin siquiera tomar en cuenta muchos más. Acaso las capacidades previas de significación e interpretación, sumadas a características o rasgos distintivos de identidad y exclusión, determinan el o los referentes que la interpretación habrá de tomar en cuenta. Por eso, es para nosotros pertinente la reconsideración de la lógica simbólica y la distinción de Sistemas en el análisis hermenéutico y en la crítica deconstructivista.
En el caso hermenéutico, la idea de sistema, aparece en un conjunto de sistemas en constante invasión mutua aunque finalmente incomunicados. Tal como las mónadas. Lo que se reduce al sistema monádico es en este caso el ser de las cosas y sobre todo, el ser del sujeto que observa las cosas. El ser-en-el-mundo es un sistema derivado de otro sistema que lo abarca, pero que lo necesita para existir, se trata del sistema de
La interpretación, según Ricoeur, no es el acto de un sujeto que en dominio de su propio ser en el mundo proyecta el a priori de su autocomprensión en el texto y lo lee en el texto, sino el proceso por el cual la revelación de nuevos modos de ser da al sujeto una nueva capacidad para conocerse a sí mismo.” […] su caracterización de la interpretación supone, o conduce a, según sea el caso, un momento de desposeimiento del yo mediatizado, además, por los procedimientos explicativos propios de la autonomía del texto.[6]
El desposeimiento es “reconocimiento” del valor distintivo de lo dado. El mundo interpretable es lo que la máxima hermenéutica de “Hay que volver a las cosas!” reconcilia con la contrariedad de ver en las cosas aspectos negativos de un “yo” disperso. Aunque aquí parezca que encerramos a la libertad misma de un “yo” dentro de su mundo configurador, no es tan radical el caso, simplemente se trata de que en hermenéutica y en todo acto interpretativo, sólo se es libre para malinterpretar. Y la mala interpretación sólo es posible en un sistema determinado. Con esto llegamos a lo que consideramos una justificación suficiente para tomar en cuenta nuevamente, aquella autonomía del texto, autonomía condicionada por reglas “reconocibles” y acaso, para fines de comunicación sentimentalista, entendidas como inconmovibles.[7]
En el caso deconstruccionista, Paul de Man dice que “dado que el sentido es interminablemente alegórico y por eso doble, el texto ofrece fisuras, márgenes, fallas, que borran su posible homogeneidad y unidad; de ahí que la tarea sea señalar aquellos momentos en que el sentido se contradice a sí mismo y se torna indecidible.”[8] Lo que le pone una traba a cualquier intento teórico de dar con un sentido “ausente” mediante restituciones de sentido, vía formas de metalenguajes y modelos ad hoc, como concluye Gende en de Man.
Es la noción de sistema lo que nos requiere ser tomada en cuenta, y la necesidad primaria es la de tomar en cuenta los procesos operacionales básicos de la investigación científica, filosófica y de teoría literaria, e incluso en el impacto diario de sensaciones registradas en un día “n” de un “n” individuo. Por ejemplo, y en principio, las sensoriales: percibir, ver, tocar, recibir, oler, presenciar, sentir, etc.; y luego, las clasificadoras: distinguir, analizar, derivar, clasificar, etc. De lo que la lógica y su lenguaje ya han dado una muestra cercana. (O la noción de “repetir”). Lo que hemos llamado “reglas de juego”, “norma intencional”, “gramática”, se trata, en una palabra, de sistemas operativos con conceptos operativos peculiares: lo que nos muestra al mundo es la capacidad mutua del sujeto y el objeto-signo, de ser significativos uno frente a otro, en un sistema ontológico que funciona mediante relaciones de pertenencia/despojamiento, identificación/identidad, distancia/aproximación, etc.: problemas distintos a la interpretación, posterior y distinta, de un sistema distinto: como el de las relaciones entre las formas reconocibles (luego de si es una forma propia o ajena, cercana o lejana, etc.) y su sistema “gramatical” de leyes articulatorias. Pero este sistema y aquél con el punto de vista ontológico, no se pueden reducir a un mismo sistema, se necesitan dos que interactúen y aparezcan como transparencias uno detrás de otro. Hay que saber diferenciarlos en el mismo sentido en que K. O. Apel distinguió en un mismo acto el problema de la posibilidad y el problema de la validez del acto de comprender: sin aplicar las mismas reglas, y sin hacerlas ignorarse entre sí. Pero esto no debería, aunque lo hace, parecer una defensa a una fundamentación última, sino que partiendo del hecho de que tanto en la hermenéutica, como en la deconstrucción, se ha oscilado entre métodos y términos metodológicos “previos”, “fijos” o “replicantes”. Estamos pues a favor de una conciliación que dé equilibrio al tambaleo ontología-estructura-sistema. Finalmente y comparando esta oscilación con lo que hemos tratado de enunciar como sistema, recuperamos la hipótesis de que la interpretación apunta siempre a una “proximidad absoluta”, en palabras de Heidegger. Lo que a su vez determina la cerrazón de los sistemas interpretables, primero por su interpretabilidad, que está condicionada por el intérprete, que deberá recurrir a un interpretante para interpretar (y como se ve, dicho interpretante habrá de ser extraído de la dinámica precisa de relación dentro del sistema a interpretarse). Y en esta afirmación encontramos dos cosas: primero el círculo hermenéutico nos habla de un sistema, luego el uso del metalenguaje preciso nos habla de una manera de cómo se comportar tal sistema, como si el pensamiento mismo fuera un metalenguaje. Como el pensamiento eidético-objetual de Husserl. Es decir, que la noción de sistema también nos requiere conceptos operacionales de relación. Por lo que se pregunta es por la posibilidad de un determinado sistema y posteriormente por su dinámica operacional.
Estamos de acuerdo en cuanto al trabajo de Gende, que hemos tomado como fuente, y abogamos por una postura como la que identifica en Ricoeur:
Paul Ricoeur logra reconducir el problema de las condiciones de la interpretación de textos a un plano ontológico que se sostiene como interrogante antes que como afirmación. […] una dimensión de análisis que reconoce su relación intrínseca con las prácticas de interpretación humanas sin desconocer las pretensiones de objetividad propias del análisis formal de los textos.[9]
Lo que quisiéramos terminar de hacer, como intento de equilibrio, sería identificar el concepto de tradición, como un sistema de dinámicas de lo comunicable, es decir, de la interacción de sistemas y el (re)conocimiento de sus reglas precisas; y por otro lado, al concepto operativo base, que sería algo parecido a la huella, es decir, aquella información que hace factible la operación relacional de los elementos del sistema interpretado. El acto de deconstruir se repetiría sobre el mismo elemento huella, y la remisión crítica volvería a detentar el infinito, pero el sistema habrá de reducir sus posibilidades en la medida en que lo dado del sistema lo permita. Y otra vez, y acaso a causa del propio Gende, nos ponemos del lado de la estacionalidad: “Pareciera claro que el problema en torno a la remisión consiste en lograr dar cuenta de sus posibles estabilizaciones, precarias tal vez, sujetas a revisión y reacomodo seguramente, pero imprescindibles para lo que de ellas resulta.”[10] Y así, mediante una posible lógica aplicada a los sistemas de interpretación: lógica como el requerimiento previo de la articulación, el mecanismo interno del texto, y el modo formal operativo de la recepción de quien lee un signo.
Las dinámicas de los sistemas a disposición podrían empezar a constituirse desde, si es que las tienen, las normas, el consenso, como es el caso de la gramática de las leguas o la política internacional. En estos casos el sistema habrá de interpretarse a partir de la dinámica normada, su sentido y funcionalidad serán los primeros elementos en prejuiciantes. Esto representa la posibilidad de una autonomía sistemática con respecto al individuo que usa tal sistema. Así se ha pensado que la lógica sobreviviría al derrumbamiento de todo lenguaje ajeno al propio de la lógica. Y esto lo concluimos porque tal parece que el individuo llega a encarnarse de tal manera al lenguaje que usa que terminan confundiéndose.
Finalmente creemos que el acto de interpretación habrá de asemejarse al intento de atrapar a una mosca mientras vuela, y el manoteo debe ser preciso y falible.
[1] O como el racionalismo crítico de Popper proponía, basar la validez de una teoría en razón de su falibilidad.
[2] Carlos Emilio Gende, Lenguaje e interpretación en Paul Ricoeur, 1ª ed., Prometeo Libros, Buenos aires, 2005. p. 22.
[3] Bernhard Waldenfels, De Husserl a Derrida, tr. Woflgang Wegscheider, Paidós Studio, España, 1997. p 18.
[4] Gende, op. cit., p 23.
[5] Javier Bengoa Ruíz de Azúa, De Heidegger a Habermas, Editorial Herder, Barcelona, 1997, p. 27.
[6] Gende, op. cit. p.25
[7] De hecho, otro problema importante es el que trata de la posibilidad de comunicación, ya sea al modo hermenéutico de dialéctica, o al modo derrideano de borradura. De si es una norma intencional hecha para y por la comunicación misma, o una necesidad instintiva del hombre y sus lenguajes.
[8] Gende, Ibid, p 17.
[9] Gende, op.cit. p. 25
[10] Ibid, p 18.
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