domingo 30 de mayo de 2010

De Roland Barthes o el bicéfalo francés

I.

La obra de Roland Barthes es extensa. Sin embargo no es la extensión de su obra lo que la vuelve -hasta cierto punto- complicada al lector, sino la heterogeneidad de sus temas. Jonathan Culler, entre las primeras líneas de su libro titulado Barthes, se pregunta lo que, probablemente, cualquier lector del pensador francés se pregunta: “[…] Barthes fue una figura de estatura internacional, un maestro de nuestro tiempo, pero ¿maestro de qué? ¿A qué debe su fama? […]”[1] La respuesta de Culler está contenida en las casi ciento cincuenta páginas subsecuentes que conforman la totalidad de su libro.

Parafraseando a Culler, Barthes es una figura contradictoria. Y es esa contradicción eterna en Barthes a la que se debe su fama. Siempre diverso y renovándose siempre, Barthes influyó/influye en un sinfín de espacios, generando nuevas –y a veces, extrañas- perspectivas.

“[…] Cada vez que Barthes promovió los méritos de algún proyecto nuevo y ambicioso –una ciencia de la literatura, una semiología una ciencia de los mitos contemporáneos, una narratología, una historia de la significación literaria, una ciencia de las divisiones, una tipología del placer del texto-, rápidamente pasaba a otra cosa. […] Barthes es un pensador seminal, pero apenas brotan sus plantas, intenta extirparlas. […]”[2]

Es pues Barthes una figura camaleónica no fácil de extraer en una sola dirección. Culler mismo aboga por no hacerlo y valorar dicha diversidad más como un mérito que como un defecto. Y es que la más de las veces el lector de Barthes encuentra dichosa su lectura debido a esa diversidad. Tzvetan Todorov, en su conocida Crítica de la crítica, confiesa que le es imposible ser objetivo a la hora de abordar a su compatriota: “[…] Si debo hablar de él no puedo ni siquiera hacerme la ilusión de la imparcialidad […] No es pues a Roland Barthes a quien me refiero en las páginas siguientes, sino a ‘mi Barthes’[…]”[3] Si bien Todorov arguye que tal imposibilidad es consecuencia de la amistad que entre ambos existía, es fácil elucidar que aparte de eso hay una conciencia en Todorov de que la obra de Barthes es, más allá de un ejercicio diverso del pensamiento, una escritura que bien puede emparentarse con la literatura.

Los capítulos finales del libro ya mencionado de Jonathan Culler se titulan: “Escritor” y “Hombre de letras”; y el capítulo donde Todorov comenta a Barthes se titula “Los críticos-escritores”. No es una coincidencia fortuita que las valoraciones capitales de ambos estudios se concentren en la figura del escritor en detrimento del resto de su polifacética carrera.

“[…] me interrogaré, esta vez, no sobre la crítica practicada por escritores sino sobre aquella que se convierte en una forma de literatura o, como se dice hoy en día con una palabra que no tiene sentido de tanto haber sido usada, de escritura; o en la cual, en todo caso, el aspecto literario adquiere una nueva pertinencia. […]”[4]

“[…] Barthes es un hombre de letras en el sentido de que su vida es una vida de escritura, una aventura con el lenguaje; […] No era tan solo un crítico, sino también una figura literaria cuyas declaraciones sobre asuntos culturales representaban, para sus coetáneos, una actitud estética culta.[…]”[5]

Cuando uno lee a un teórico literario o semiológico, antropólogo o historiador, se pretende encontrar en ellos un sistema lógico aplicable y funcional, así mismo, la comprensión de dicho sistema debe ser unívoca para que adquiera validez; en cambio, cuando se lee a un poeta, a un narrador, a un dramaturgo, más allá de pretender dilucidar el sistema lógico interno a la obra, la lectura se centra en un regocije donde la interpretación está liberada de toda univocidad. Ahí es donde surge los “mi” antepuestos a los autores, donde se les apropia. Ahí es donde Todorov vacila y dice: “mi Barthes”. Y es precisamente en ese momento donde pretendo desarrollar este ensayo: en encontrar no a Barthes, sino a “mi Barthes”.

II.

Hay, a mi parecer, un ensayo fundamental para comprender cómo se posiciona el propio Barthes en relación a su trabajo de escritura. Me refiero a ‘Éscrivains’ y ‘écrivants’. El ensayo se desarrolla como una pequeña historia de los dueños del lenguaje, de la palabra, a partir de la llamada época capitalista (s. XVI – s. XIX). Como el título lo indica, Barthes distingue en un inicio dos figuras: la más antigua es la los escritores (éscrivains), que son a quienes corresponde la literatura; y los escribientes (écrivants), surgidos desde la revolución francesa, a quienes les corresponde la crítica.

Los escritores piensan la escritura como una actividad intransitiva: su acción es inmanente a su objeto, ejercen sobre su propio instrumento (la palabra) y lo convierten en su propio fin (la literatura como una actividad tautológica). El escritor “[…] absorbe radicalmente el porqué del mundo en un cómo escribir. Y el milagro, por así llamarlo, es que esta actividad narcisista no cesa de provocar […] una interrogación al mundo. […]”[6] La intransitividad de la literatura la vuelve ambigua a lo real, Barthes asegura que toda literatura es irreal y que es precisamente esa irrealidad la que le permite formular las mejores preguntas al mundo. Así pues, el escritor “[…] pierde todo derecho sobre la verdad, pues el lenguaje es precisamente esa estructura cuyo fin mismo[…], dado que ya no es rigurosamente transitivo, es neutralizar lo verdadero y lo falso.[…]”[7]

En cambio los escribanos piensan la escritura como una actividad transitiva: pretenden un fin (instruir, explicar, testimoniar), su palabra es un medio, soporta su hacer más no lo constituye, es sólo un vehículo del pensamiento. El escribano es ingenuo: “[…] no admite que su mensaje se vuelva y se cierre sobre sí mismo, y que en él pueda leerse, de un modo diacrítico, algo distinto a lo que él quiere decir. […]”[8] Si el escritor es consciente de que con su palabra instaura una ambigüedad, el escribano piensa que su palabra despeja definitivamente esas ambigüedades.

Luego Barthes señala una paradoja. La palabra intransitiva del escritor es más fácilmente adoptada por la sociedad, y es que la literatura convierte al pensamiento en mercancía sustentada por una tradición. La palabra transitiva del escribano es adoptada con mayor reserva, pues le propone a la sociedad no siempre lo que ella pide. Su función es: “[…] decir en toda ocasión y sin demora lo que piensa […]”[9], confronta al pensamiento y a la sociedad, critica, y en ese sentido su palabra, aunque marginal, parece ser más individual.

Ahora, al final del ensayo, viene el acto de fe de Barthes, su autoproclamación como una raza mestiza entre el escritor y el escribano: “[…] hoy en día todos nos movemos más o menos abiertamente entre los dos postulados […] Queremos escribir algo y al mismo tiempo escribimos simplemente. En una palabra, nuestra época parece haber dado a luz a un tipo bastardo: el ‘éscrivains-écrivants’. […]”[10] La definición que da Barthes es bastante extraña ya que este nuevo dueño de la palabra se mueve “a placer” entre la transitividad y la intransitividad. Estos intelectuales, Barhtes los asocia con la “intelligentsia”, poseen una labor es complementaria a la del escritor y el escribano: son los “[…] que fijan en cierto modo una enfermedad necesaria para la economía colectiva de la salud. […]”[11] Aunque Barthes no lo diga una verdadera mezcla de ambos debería ser un oxímoron constante. Pues su palabra que está concentrada en sí misma a la vez apunta a un fin externo a ella. Y así como su palabra es neutra, excluida de todo juicio de verdad o falsedad, pretende a la vez establecerse como una verdad irrevocable. Rechazado y aceptado por la sociedad, el intelectual, escritor-escribiente, es capaz de transformar el pensamiento en mercancía consumible a pesar de que ese pensamiento confronte la inercia social. Es una mezcla peligrosa que bien resume Barthes en las palabras finales del ensayo: el escritor-escribano es “[…] la institucionalización de la subjetividad.”[12]

III.

¿Quiénes son estos nuevos escritores-escribanos, intelectuales, a los que se refiere? ¿Qué tienen en común? ¿Qué implicaciones puede tener esta autoproclamación que hace Barthes? Hay en la reciente historia de las letras francesas un extraño fenómeno: no son los escritores de la “nouveau roman” sino un grupo heterogéneo de pensadores sobre quienes recae la atención. Me refiero a figuras como Georges Bataille (1897-1962), Jean Paul Sartre (1905-1980), Maurice Blanchot (1907-2003), Roland Barthes (1915-1980), Gilles Deleuze (1925-1995), Micheal Foucault (1926-1984), entre muchos otros. En mayor o menor medida, como dice Barthes, todos ellos han deambulado entre el ámbito del escritor y el escribano. Ellos son los renovadores del pensamiento, los que “han germinado la enfermedad necesaria para la salud colectiva”. El esquema dual del escritor y el escribano estaba destinado al fracaso porque encierra a ambas figuras en un estatismo inquebrantable; el intelectual, hijo bastardo de ambos, se convierte en el revitalizador del pensamiento, libera al escritor, al escribano y la sociedad entera de su letargo y les incita a andar.

Roland Barthes parece ser el más consciente de la verdadera tarea que como intelectual del siglo XX tiene encomendada: transgredir, ser un provocador capaz de activar el ejercicio del pensamiento por vías insospechadas. Teniendo ya esto en mente es muy interesante regresar a los comentarios de Culler:

“[…] Para Barthes, desde luego, toda interpretación digna de ese nombre tiene que ser extravagante. Una crítica que no rebasa los moldes establecidos no tiene sentido ni sabor. Los escritos de Barthes siempre han sido objeto de controversia: sus lacónicos pronunciamientos irritan a todo aquel que tiene otros puntos de vista. Pero Barthes rara vez tomaba partido en los debates que provocaba, y al pasar los años se volvió cada vez más “laxista”, es decir, intransigente en sus formulaciones pero poco interesado en desafiar otros o en defender sus propias posiciones. […]”[13]

La contradicción interna del intelectual es necesaria para que éste sea capaz de provocar el movimiento. El escritor-escribano solo debe preocuparse porque sus planteamientos sean válidos, es decir, que tengan una coherencia interna. Su posición es privilegiada ya que al estar liberado de la búsqueda de la verdad, o del sentido unívoco, se le facilita la producción prolífica de nuevas perspectivas. Además, como señala Todorov, Barthes lleva esta condición al límite ya que no sólo su palabra goza de dicha libertad, sino el mismo Roland Barthes está liberado de su palabra: “[…]Barthes se preocupa por encontrar, para cada idea, la mejor formulación, pero esto no lo lleva a asumirla. […]”[14] El discurso del escritor-escribano no es una crítica ni una novela, es una casi crítica y una casi novela; y es en esa parte ficcional de su discurso donde el autor queda exento de asumir sus ideas, sin que estas pierdan el filo y la presteza propia para sacudir.

IV.

Hay un lema que Barthes suele utilizar en sus textos: “Larvatus prodeo” que significa “avanzo apuntando a mi máscara”. Es muy significativa la reiteración de éste a lo largo de su obra, ya sea que lo cite directamente o que de manera velada lo utilice al interior de la construcción lógica de un concepto.

En el ensayo de Literatura y metalenguaje Barthes distingue entre el lenguaje-objeto: lenguaje real que es la materia sujeta a la investigación; y un lenguaje simbólico o meta-lenguaje: instrumento de la investigación, lenguaje artificial en el que se pueden expresar las relaciones estructurales de un lenguaje-objeto. Parece ser que el lema explica la estructura del metalenguaje: su estructura es la de una máscara que se señala con el dedo en cuanto a que es la palabra sobre la palabra. Como ya he comentado lo mismo sucede con otras nociones que Barthes suele utilizar constantemente, por poner solo un par de ejemplos: el lenguaje connotativo, hermano natural del metalenguaje, mantiene la misma estructura y sólo difieren en cuanto a que el primero apropia al lenguaje sobre el que ejerce para justificar un concepto que no le corresponde de manera natural; mientras que el segundo dota de significado -o mejor dicho, pretende explicar- al lenguaje sobre el que ejerce. De la misma manera que el lenguaje connotativo –salvo algunos matices mínimos- funcionan los famosos mitos sociales que analiza Barthes en Mitologías.

Continuando con el ensayo Barthes nos comenta una interesante idea: considerar la reciente historia literaria como la toma de conciencia donde “[…] la literatura se puso a sentirse doble, a la vez objeto y mirada sobre ese objeto, palabra y palabra de esta palabra, literatura-objeto y meta-literatura. […]”[15] Terminado un mínimo sumario de los vaivenes de la literatura, Barthes concluye que es posible definir nuestro siglo literario como el de los “¿qué es la literatura?”. Explico, según Barthes nuestra literatura se interroga a sí misma sobre sí misma, y al hacerlo se ha vuelto a la vez lenguaje-objeto y meta-lenguaje. Desdoblándose sobre sí para comprenderse, gasta sus fuerzas en encontrar un meta-lenguaje eficaz, capaz de responder a la pregunta “¿qué es la literatura?”; y a consecuencia de esto la búsqueda de ese meta-lenguaje se ha convertido a su vez en un lenguaje-objeto. Este último gesto de la literatura -convertir meta-lenguaje en nuevo lenguaje-objeto- lo sintetiza Barthes en una variación del lema antes mencionado: la literatura “[…] es una máscara que se señala con el dedo.[…][16]

V.

No hay nada distinto entre una escritura intransitiva, que es materia y fin de sí misma, y una literatura que al desdoblarse sobre sí misma se convierte en lenguaje-objeto y meta-lenguaje. Ambas formulaciones son en realidad la misma idea. Por lo tanto podemos asociar la escritura del “éscrivains” con la construcción de un lenguaje-objeto, ya que aunque la literatura se desenvuelva además como un meta-lenguaje, ese desenvolverse termina siendo siempre un lenguaje-objeto.

Por otro lado podríamos asociar la palabra transitiva del “écrivants” con la construcción de un meta-lenguaje, ya que todo fin que se proponga –entendido como externo a la palabra misma- requiere utilizar de un lenguaje artificial para realizar su crítica.

Por último el punto al que quería llegar. El paradójico “éscrivains-écrivants” contendría en su discurso transitivo-intransitivo tanto la estructura del meta-lenguaje como la estructura del lenguaje-objeto. Su palabra guarda una peligrosa similitud a la de la literatura reciente, sin embargo, no es la misma estructura. Pues mientras la literatura falla en su intento de ser un meta-lenguaje eficaz para sí misma al estar condenada a convertirse en lenguaje-objeto, la escritura del “éscrivains-écrivants” permanece suspendida en su ambivalencia. Regresemos al “Larvatus prodeo” tan querido por Barthes, en él no solamente se “señala la máscara”, sino que se “avanza”. La literatura no puede ser a quien se refiere el lema, pues a pesar de sus esfuerzos la literatura queda siempre condenada a ser un lenguaje-objeto. Tampoco puede referirse a un meta-lenguaje puro, propio de la crítica, ya que ésta no tiene conciencia de sí misma. En cambio la escritura del “éscrivains-écrivants”, transitiva-intrasitiva, lenguaje-objeto y meta-lenguaje, es la única capaz de sacudir el estatismo de la dualidad escritor y el escribiente, es la única capaz de “avanzar”. ¿Es pues el “Larvatus prodeo” de Barthes un asumir su obra como ese nuevo lenguaje, lenguaje que es y no es literatura y crítica, crítica liberada e idilio inalcanzable de la literatura moderna? No podría responderlo con certeza, para salvarme comentaré como Todorov lo ha hecho: no hablo de Roland Barthes, sino de mi Barthes el “éscrivains-écrivants” que siempre que lo releo me seduce y estimula a buscar nuevas perspectivas.

Bibliografía

CULLER, Jonathan. Barthes. Trad. Pablo Rosenblueth. México: Fondo de cultura económica. 1987.

TODOROV, Tzvetan. Crítica de la crítica. Trad. José Sánchez Lecuna. Barcelona: Paidós. 2005.

BARTHES, Roland. Ensayos críticos. Trad. Carlos Puyol. Buenos Aires: Seix Barral. 2003



[1] Jonathan Culler. Barthes. p. 9

[2] Ibíd. p. 13

[3] Tzvetan Todorov. Crítica de la crítica. p. 73

[4] Ibíd. p. 55

[5] Jonathan Culler. Óp. Cit., p. 133

[6] Roland Barthes. Ensayos críticos. p. 203

[7] Ibíd. p. 205

[8] Ibíd. p. 207

[9] Ibíd. p. 208

[10] Ibíd. pp. 209-210

[11] Ibíd. p. 211

[12] Ibíd. p. 211

[13] Jonathan Culler. Óp. Cit., pp. 78-79

[14] Tzvetan Todorov. Óp. Cit., p. 75

[15] Roland Barthes. Óp. Cit., p. 139

[16] Ibíd. p. 141